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El personaje de la semana
Hoy: Gerardo Pelusso
Llegó al Club Nacional de Fútbol como una suerte de salvavidas, con la tarea concreta de reparar el desastre causado por su antecesor Daniel Carreño, quien, incomprensiblemente, había sido designado por segunda vez como técnico de la vieja institución, pese a sus pobres antecedentes. Y luego de unos comienzos algo vacilantes, obtuvo un éxito innegable. Nacional ganó los torneos de verano (que incluyeron dos victorias clásicas), comenzó a jugar mucho mejor, a obtener excelentes resultados (4-0 a Defensor) y a encaramarse en la tabla de posiciones del Campeonato Uruguayo.
El momento culminante de este sendero rampante se produjo cuando el equipo dirigido por Gerardo Pelusso derrotó a River Plate en un partido memorable –perdía 0-3 y terminó ganando 6-3- y, en la Copa Libertadores de América, goleó al poderoso Flamengo por 3-0, con dos espléndidos goles de Richard “Chengue” Morales, por entonces líder y emblema de los bolsilludos. En aquéllos días, todo eran elogios para Pelusso: Nacional había recuperado su rebeldía, se mostraba como un equipo ambicioso y efectivo y las cosas iban viento en popa. Un día cualquiera se cambiaron las tornas y advinieron tiempos adversos; sucesivas derrotas ante equipos débiles, la eliminación de la Libertadores, un notorio bajón en el desempeño de figuras clave y, por fin, una casi debacle ante Peñarol. Y como era de esperar, muchos de los que lo ensalzaban se convirtieron en los más radicales detractores del técnico tricolor: Nacional no jugaba a nada, la defensa era débil y vulnerable, los recursos de ataque se limitaban a centros frontales para un Chengue en baja forma, se hacían mal los cambios y se planificaba mal la actividad, aspirando a dos torneos –el Uruguayo y la Libertadores- cuando no había recursos para afrontarlos a la vez. Pelusso pasó por esa travesía del desierto sin cambiar su estilo; pocas palabras, elegancia y moderación en las declaraciones y mucho trabajo. Así, pese a que el plantel de jugadores que dirigía se fue haciendo cada vez más esmirriado –se fueron Bertolo, Fornaroli, Caballero y algún otro-, pese a la decisión del Chengue de abandonar el club luego de la segunda derrota clásica, Nacional recobró bríos y terminó a paso triunfal, como campeón de la Liguilla, lo que le dio además el pase directo a los torneos internacionales. Manejando un grupo de futbolistas reducido y de calidad técnica mediana –para ser benévolos-, tapando agujeros aquí y allá ante las transferencias y las deserciones –lo que lo obligó a realizar, a cierta altura, un severo planteo ante la directiva de la institución-, este técnico con aspecto de abuelo bonachón y un lejano parecido físico al Pájaro Loco demostró que es capaz de sacar petróleo de un trebolar, y que para lograrlo no es necesario echar mano a divismos ni a poses de sabelotodo, y mucho menos, a las fanfarronerías de su impresentable colega aurinegro. Al terminar la temporada, Gerardo Pelusso estuvo en situación de exhibir un balance en absoluto despreciable: tres torneos ganados, dos victorias ante el campeón uruguayo, dos clásicos ganados y dos perdidos y el derecho a disputar la Copa Libertadores. Saralegui, en cambio, con un plantel de lujo para el medio, ganó únicamente el Clausura (que es el 0.50 del Campeonato Uruguayo) y aún debe clasificarse para esa competición internacional. Un fracaso que ha tratado de minimizar con declaraciones que rozan lo desopilante, cuando no ingresan directamente en lo ofensivo. La directiva tricolor acaba de prolongar el contrato de Gerardo Pelusso, y pocos dudan de que ha hecho lo correcto. No sólo porque, dadas las circunstancias, los resultados que obtuvo han sido muy estimulantes, sino porque su corrección y su don de gentes lo convierten en un lujo para cualquier institución deportiva.
Por Lincoln R. Maiztegui Casas
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Publicado en Diario El Observador (oct.2008) |